Douglas Harding


“Lo que sucedió en realidad fue algo absurdamente simple y poco espectacular: paré de pensar.

La razón, la imaginación y todo parloteo mental se calmaron. Por una vez, las palabras me fallaron. Pasado y futuro se desplomaron. Me olvidé de quién y qué era yo, de mi nombre, de mi condición humana, de mi condición animal, de todo lo que podría llamarse mío. Era como si hubiese nacido en ese instante, recién estrenado, sin motivo, libre de cualquier recuerdo. Existía sólo el Ahora, el momento presente y lo que claramente tenía lugar en él. Ver bastaba. Y lo que encontré fueron las perneras caquis de unos pantalones que terminaban en un par de zapatos marrones, unas mangas de color caqui a cada lado que terminaban en un par de rosadas manos, y la pechera de una camisa caqui que en la parte superior terminaba en absolutamente nada de nada. Desde luego no en una cabeza.

Me tomó poquísimo tiempo darme cuenta que esa nada, ese agujero donde debería haber una cabeza no era un vacío corriente, no era una simple nada. Por el contrario, estaba muy ocupado. Era un gran hueco profusamente lleno, una nada que daba lugar a todo: espacio para la hierba, los árboles, las lejanas y borrosas colinas, con sus elevados picos nevados como una hilera de nubes angulosas deslizándose en el cielo azul.

Definitivamente, yo había perdido una cabeza y ganado un mundo.”

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